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O por qué cada vez tenemos menos control sobre lo que Internet sabe de nosotros.

De la misma manera que esa famosa, incómoda y temida conversación sobre sexualidad con tus padres, hay veces en la vida que llega el momento de hablar de determinados temas. Uno de ellos es la privacidad. En un mundo en el que el palo selfie se ha convertido en el complemento ideal de millones de personas, es una buena idea pararse a pensar qué pasa con toda esa información que, consciente o inconscientemente, estamos dejando cada vez que hacemos uso de Internet. ¿Merece la pena arriesgarse a que nos roben el smartphone cada vez que intentemos hacernos un selfie (con el palo, claro) frente a cualquier sitio solo por tener una nueva foto de perfil en Facebook?

Esa misma pregunta deberíamos extrapolarla al mero hecho de estar presente en las redes sociales, porque la mayor parte de nosotros fuimos viviendo su llegada en tiempo real, sin saber las consecuencias, sin un manual de instrucciones. El simple ‘introduce tu mail y fecha nacimiento’ de un foro se convirtió en dínos todo lo que quieras sobre ti, personal, privado o no. Dínos dónde estás cenando, con quién y si estabas borracho o no. Si tienes novia, si te vas a casar con ella, si eres de izquierdas o de derechas. Si te gusta “Call Me Maybe” o “Cowboys From Hell”.

Espera, un segundo. Pero, ¿sabes lo que estás haciendo? Claro, es que tengo Facebook para hablar con una excompañera de clase que vive en Suecia. Obvio, no subo fotos mías para que nadie me vea en situaciones privadas y, si alguien me etiqueta, no permito que se muestren en mi biografía. Por supuesto, nunca he hecho login en ninguna red social en una red de WiFi abierta. ¡Oh, mier**!. Ya vamos mal.

Todo el mundo te observa

Pensarás que es una exageración, que quién va a tener interés en saber qué es lo que haces un sábado por la noche, que ahora tienes un nuevo contacto que compartes con un primo o que le has dado a Me gusta a la actualización de estado de un ex de tu mejor amigo. Pues, sí. Cuando los estudios dicen que la globalización sufrió un acelerón tremendo gracias a Internet, se referían a que estamos todos conectados, para bien y para mal. No, no en plan Avatar, mal pensados.

Esperad un momento, que voy a publicar un tuit para decir que estoy escribiendo un artículo. Vale, ya.

Pues eso, que la audiencia potencial de todo lo que compartas es mucho mayor de lo que imaginas. Del salón de tu casa al otro rincón del mundo en pocos segundos. No te sorprendas si el gif tonto que te hizo gracia por la mañana y que compartiste justo después acabe siendo un meme en portada de Reddit. O que te despiden (o te hacen renunciar) por algo que dijiste en Twitter hace años sin pensar y mientras ibas en el metro. O que ese tórrido vídeo que os hicisteis en aquel arrebato de pasión ahora es el más visto y valorado de PornHub. O del “¡Qué va, nunca me pillará! Me han dicho que esta web es la mejor para los traviesos que se lo quieren pasar bien con otros que no son tu pareja y ¡discreción asegurada!” al voy a tener que pagar 20 dólares para que borren por completo mis datos para que mi mujer no se entere de que le he sido infiel (¡¿Qué?! ¡¿Que mi cuenta ha sido hackeada?!).

Porque Internet puede ser un desierto en el que nadie te da bola (ni ese matojo que rueda delante de ti) o una caja de truenos que te convierte en novia psicópata.

Lo tengo todo controlado

Que sí, que tengo mi perfil capado. Yo nunca comparto opiniones comprometidas en público ni en redes sociales. Nunca he usado Google como busca… ¡oh, maldita sea! Seguimos mal.

Aunque hayas tenido valor a leerte todas las opciones de privacidad de Facebook y lo tengas todo configurado para que no haya ninguna fuga de información privada, siempre tienes un contacto que no tiene ni idea de que se puede configurar su perfil para que no sea de dominio público y, ¡boom!, su privacidad depende de ti y la tuya de él. A Fulanito le gusta tal página, así que Facebook te la muestra en tu feed principal como ‘sugerida’. A tu tía del pueblo, que se acaba de hacer una cuenta, le ha dado por añadir y aceptar amigos compulsivamente. Empiezas a ver comentarios en tus fotos de la infancia de gente que no conoces. Esto pinta mal.

Pero si siempre uso pestañas de navegación privada, ¡¿por qué me persiguen estos banners de Amazon?!

Frank Grimes ('Graimito')

Total, que todo siempre lleva a un episodio de Los Simpson. Puedes intentar si quieres ser un Frank Grimes (‘Graimito’) y vivir una vida ejemplar, ordenada y bajo control, pero siempre aparecerá un Homer que te arruine. Si quieres ser invisible en las redes sociales, simplemente no puedes estar. Y, aunque no estés, seguro que otros acaban hablando de ti. “De buen rollo con @Sandra, @Pedro y #Juan (Juan, si nos lees, ¡hazte cuenta ya para que te etiquetemos como es debido!)”.Entonces, ¿qué? ¿Nos resignamos y levantamos el puño en señal de indignación? No, lo principal es entender lo que supone Facebook, Twitter, Instagram, Spotify o Ashley Madison para nuestra privacidad. Ya no se trata de asumir que no podemos tener una vida completamente privada si tenemos presencia en redes sociales, sino de comprender que también hay que incluir a tiendas online y servicios que usamos en la fórmula. Nadie te va a regalar nada porque sí. Siempre hay que ofrecer algo a cambio de esa app gratuita que te dice cómo llegar a un sitio que no conoces, y eso, en este siglo, está siendo tu hasta ahora preciada vida privada.

Ahora pregúntate a ti mismo, ¿saben tus amigos que su privacidad no es suya sino de todos con los que la comparten? ¿te merece la pena escuchar música en un servicio que tiene acceso a tu lista de contactos? ¿confías más en tu matrimonio o en una web de adúlteros? ¿seguro que quieres hacer check-in en la playa ahora que tu casa está sola y gritando ‘róbame’? Ojalá y pronto todos nos hayamos hecho alguna vez preguntas tan simples como estas. Solo eso ya merecería la pena y, no sé, quizá así nos comportemos de otra manera en el ‘mundo virtual’.

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